La historia
Casa Cerralleiro
Aquel día hacía un frío do carallo. Era ocho de diciembre de 1958. Lo tenía claro porque el día anterior fuera día de feria. A él le gustaban mucho esos días porque siempre se enteraba de alguna cosa nueva, mientras calentaba el cuerpo con una cunca de vino. Se caló la boina para tapar las orejas y movió los dedos entumecidos que agarraban un maltrecho carretillo, cuyos alpetrechos de latoneiro tintineaban anunciando su paso.
Lo agreste del camino de tierra, la falta de alimento y, sobre todo, el relato que le habían contado ayer; hacían que resollara formando una cantidad desorbitada de baho a consecuencia del gélido día. No podía pensar en otra cosa. _Benardino, tes que ir home. Tes que ir, faime caso. Recordaba la insistencia con la que O Porqueiro le porfiaba mientras se despedían.
Fue él precisamente quien le contó la historia, que a su vez se la había relatado con todo lujo de detalles, un primo tercero por parte de padre, cuya mujer era hermana de una que trabajaba en la casa de los parientes del Señorito y lo había oído todo de la boca de sus señores directamente. Información de la buena le dijo O Porqueiro, nada de habladurías de barallocas.
Escudriñó la vivienda con esos ojos pequeñitos y grisáceos azulados como el día mismo. Tal que parecía una evaluación técnica de la cantidad de trabajo que podía haber para él. Porque así se lo dijeron, aunque Benardino no se lo hubiese creído del todo. Entre susurros, pero él que era muy fino lo entendió perfectamente. Resultaba que la casa más rica de la contorna pasaba algunos apuros económicos y que no podían permitirse comprar ciertas cosas nuevas como alquitaras, ollas, alcuzones, herraduras para los caballos y demás utensilios domésticos.
Llamó a la puerta con más determinación de la que tenía en realidad y no esperó demasiado cuando oyó el tamborileo de las zocas contra la piedra. Una sirvienta le abrió la puerta y a poco estuvo de cerrársela en la cara. Él lo evitó agarrando con fuerza el postigo. Le dijo que quería hablar con Elisarda, el ama de llaves del Señorito, que venía por recomendación de los parientes de éste. Dubitativa y escéptica fue a buscar a quien le pedía.
Elisarda tardó un poco en acudir a la demanda entre protestas y gestos de rechazo más que evidentes. ¿Qué desea?_ Le inquirió desconfiada. Y ahí fue cuando el bueno de Benardino le dijo que sabía de los apuros económicos del Señor y que podía ayudar a arreglar algunas cosas por muy pocas pesetas. Bernardino nunca contó que le dolió más: si la sarta de insultos que le profirió Elisarda, tales como cacholán, langrán, lareto, rexoubón, moinante, chocalleiro, pailán…o el portazo que acabó con sus esperanzas y las de su familia.
Aterido, humillado y sin una peseta en el bolsillo, ni nada que llevar a casa emprendió el camino de vuelta. Apenas llevaba recorridos unos cincuenta metros cuando sintió algo que le tiraba del pantalón de tergal gris. Se detuvo y miró hacia abajo. El hijo del señorito lo observaba divertido y extrañado. De repente, le embargó una enorme vergüenza por su aspecto tan poco cuidado frente a aquel niño lampiño que olía a rosas.
El infante no reparó en absoluto en cuestiones estéticas, sino que metió la mano en el morral de cuero que llevaba y saco una enorme llave. Tan grande era que, en la diminuta mano de su portador, parecía la llave de una cerradura igualmente ingente. Para ti, Cerralleiro_le dijo con una claridad asombrosa antes de irse corriendo hacia la casa.
Esta es la historia de Benardino, que pasó a apodarse O Cerralleiro, después de que la historia la contara recalcitrantemente al que le quisiese pagar una cunca de vino. Y el relato pasó de boca en boca, así que tal realidad nunca jamás fue desmentida. Quien quiera saber de la veracidad del cuento, debe llamar a la puerta. Pero no a la del Señorito, sino a la de la Casa del Cerralleiro y nosotros, gustosamente le entregaremos las llaves.

